Borja Jiménez, Gonzalo Caballero y Francisco José Espada no triunfan en Madrid Fuente Ymbro se cargó todas las ilusiones de los novilleros

Borja Jiménez, Portal Taurino MuchoToro

La elegancia, en el toreo, no es seña de personalidad sino impronta personal. Me explico. La elegancia puede ir adherida a un concepto taurómaco –puede ser el sello característico del mismo-  o bien puede ir ligada a tu propio comportamiento en la vida. Ambas posturas son correctas, pero la una es fiel a dos horas y media de espectáculo y la otra es devota de toda una existencia. Quizá sea éste, la elegancia, el adjetivo clave para definir lo que a tres chispas de dorado canterano se les quedó entre los dientes esta tarde en Las Ventas. Tres chispas que, de no haber imprimido ese calificativo, desesperante fin hubiera ofrecido una mansada que abrió las bocas de Madrid. Ese adjetivo es el que define a tres toreros vestidos de oro menor y a un encierro gallardo en presencia pero cobarde en corazón.

Tuvo elegancia Borja Jiménez. La misma que Espartaco cuando se iba a portagayola, y recibía bajando la mano con la seda, y chicuelineaba con garbo antes de ofrecer una revolera final mirando al tendido. La misma de Juan Antonio, el de Espartinas, impresa también en su jara huella. No hizo lo mismo cuando a la fiera abreplaza le dio por embestir a un peto que ya se había percatado de su canto a la mansedumbre. Fue en ese momento cuando se vino abajo y a punto estuvo de sembrar la desgracia en el varilarguero. Pero no perdió Borja las formas, ni la compostura, ni el tacto efímero que el de Gallardo se llevó. Ni siquiera perdió su sonrisa: su rubia sonrisa. No perdió la elegancia. Se fue a los medios pero el novillo pedía a gritos las tablas y fue allí donde, emborrachado de derechazos, emborrachó a los tendidos de sol, que se terminaron empachando de su diestra, empeñada en alargar una juerga sin música (pero una juerga siempre elegante). Supo apretar los dientes en el quinto, mostrando una técnica que toda la elegancia se la guardó, sacando de sí el poderío innato en los guerreros. También lo es el nuevoEspartaco, acostumbrado a matar fríos encastes, y así lo fue frente al desagradecido cuarto.

Con elegante seriedad hizo Caballero un paseíllo con sus aférrimos atléticos observando desde el callejón. Tiene saber estar Gonzalo, pero no sabe expresarlo sino con la seriedad que, a veces, no es nada confortable en el Madrid que lo ha visto arrimar sus entrañas ante la misma muerte. Fue a buscar el diablo con el segundo, sellando seis estatuarios de egipcio hieratismo al protestón de Gallardo. No escatimó un ápice su instinto valeroso cuando arreaba hacia atrás el novillo: se creció, también con la elegancia en sus muslos, el humilde Caballero que sabe que la vida no es para cobardes. Buscó y no encontró por ningún lado esa fuente de poder que le faltaba a su irreal sueño, de impecable presencia pero de inválida educación. La tuvo y mucha Caballero también con el quinto: y es que al madrileño la elegancia de la vida le ha enseñado que también los pobres necesitan de su ayuda. El pobre enmorrillado lo requirió y la rica alma de Gonzalo le ofreció lo más profundo de su cielo al badanudo. Fue al natural el cielo de Gonzalo y fue, en mentón en pecho y bamba izquierda en tierra, lo mejor de su actuación, que nunca perdió la elegancia de la que careció su materia.

Todavía resonaban en Madrid los olés isidriles que Francisco Espada rehundió con su mano baja en la arena cuando hizo el paseíllo. Meció con su mano izquierda, aquella tarde, lo novillerilmente inmecible en muchos años en Madrid, y fue quizá ese momento el que le dio la compostura óptima para afrontar elegantemente una temporada, por otro lado, injusta en contratos para el madrileño.  Se empeñó en que volviera a entrar en el canasto de sus eternos naturales el rajado tercero, un animal con la mente en la dehesa gaditana pero el cuerpo, ya aplomado, en medio de un Madrid aburrido. Intentó Espada que el hilo elegante del que la tarde que caía era fiel testigo no perdiera su poco encanto y se empeñó en sacar naturales sin fruto. Más reunido de carnes pero de mayor y violenta presencia fue un cierraplaza con el que Francisco mantuvo la elegante seriedad que requería la lidia de un manso. Intentó y no pudo, pero intentó al natural. Como siempre. Como Madrid lo ha visto romperse.

Tres dorados corazones menores se encargaron de hacer elegante lo que sobre el papel lo parecía pero sobre la realidad no lo era. Y es que la vida es así: a veces hay que tapar los errores ajenos para que, si justos son, te devuelvan el favor en temprana ocasión. Ricardo se lo devolverá, seguro, a tres novilleros a los que hoy ha traicionado. Pusieron sello a una mansa historia que acabó, por su actitud, como elegante.

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Las Ventas, Madrid. Feria de Otoño, primera de abono. Más de media entrada en los tendidos.

Novillos de Fuente Ymbro, con seriedad y presencia. De corta duración la movilidad del primero; manso y remiso el segundo; manso y huidizo el tercero; sin raza ni entrega el cuarto; mentiroso y a menos el sordo quinto; manso y huidizo el sexto.

Gonzalo Caballero (turquesa y oro): silencio y silencio.

Borja Jiménez (verde hoja y oro): silencio tras aviso y silencio.

Francisco José Espada (blanco y oro): silencio y silencio.

Fuente: Cultoro

Oferta Pack Taurino

 

 

Banner  Bodegas Olimpia

Sumario
Gonzalo Caballero, Borja Jiménez y Francisco José Espada no triunfan en Madrid
Nombre del artículo
Gonzalo Caballero, Borja Jiménez y Francisco José Espada no triunfan en Madrid
Descripción
Tuvo elegancia Borja Jiménez. La misma que Espartaco cuando se iba a portagayola, y recibía bajando la mano con la seda, y chicuelineaba con garbo antes de ofrecer una revolera final mirando al tendido.
Autor
Share Button

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *