Llegó el frío, comenzó la vereda

Mucho Toro

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LLEGÓ EL FRÍO,COMENZÓ LA VEREDA

Las vacas apuran todo lo que encuentran y, mientras el frío no apriete, van pasando las lunas en la espera de esa llovizna que alegre su diario pastar y que solamente ha hecho acto de presencia, y no en mucha cantidad, a mediados de mes cuando el ciclo de la hierba va tocando a su dormida invernal.

La vacada, que se ha dispersado por toda la finca durante el estío, se va reuniendo en los pastizales bajos, barruntando ya el propio ganado la marcha. La luz diurna se acorta, la poca hierba se va endureciendo y alguna escarcha nocturna pone en el alma del animal las ganas, y la necesidad, de marcha hacia tierras más cálidas y generosas.

Y la trashumancia, otro año más, se hace realidad. Días antes se van recogiendo las vacas alejadas que andan por las laderas de la finca o aquerenciadas en algún majadal o pinada de mayor frescor. Y llegada la jornada marcada, se reúnen, se almuerza, se ultiman los preparativos y al salir de la finca, rebalar se dice el en más puro argot ganadero, por la misma portera del vallado se cuentan los efectivos de la larga marcha.

Esta trashumancia de bravo es una reminiscencia de aquella antigua Mesta, que el rey Alfonso X creara en el siglo XIII para regular el paso de los ganados de unas fincas, y de unas regiones a otras, paso que era motivo de numerosos enfrentamientos entre colectivos de ganaderos.

De aquellas cañadas y cordeles quedan hoy espacios a veces reducidos a pasos mucho mas estrechos que los 72 metros aproximados —entonces se medían en varas—, anchura de las cañadas reales, y la mitad de los cordeles —vías de comunicación entre ellas— que rezan en las documentaciones pertinentes.

Luego las carreteras y el ferrocarril que suponen ya otro inconveniente añadido para la larga marcha que sigue practicando la ganadería de Alicia Chico García, única trashumancia larga que queda en toda península con sus cuatrocientos y pico kilómetros —veinticuatro días, más o menos— entre la finca de salida y de llegada.

Cuando coronan la Cuesta de los Rabadanes, enfilan tierras conquenses, algunas muy áridas como la llamada Tierra Muerta, para enfilar hasta El Prado de los Esquiladores, pura denominación de la trashumancia ovina. Días más tarde, El Picazo, pueblo conquense donde vuelven a atravesar el Júcar, de mayor anchura y caudal por estos pagos, pues existe un pequeño puente por donde literalmente no cabe toda la tropa de la marcha que en parte vadea el río, aprovechando para descansar un poco y abrevar.

Llega después la extensa Mancha y atraviesan Viveros (Albacete) por medio del pueblo, espectáculo garantizado, para llegar a Castellar de Sástago (Ciudad Real), donde se une con el otro ramal de esta Cañada para trasponer la Sierra Morena por una finca, Las Tabernillas, del duque de Medinaceli. Finalmente se llega a Pendoncillo, termino de Vilches (Jaén), la finca de esa primavera del sur que la vacada, conducida por personal que, ya avezado a los fríos, agualeras y solazos, y las largas horas de caminar, a caballo o pie, va controlando, acompasando la marcha y reuniendo y vigilando por las noches, en turnos de guardia, para que no se disperse el ganado o paste algunos sembrados nacidos.

La trashumancia es faena dura, aunque de gran belleza exterior, con ese sonido de los grandes cencerros de los bueyes y su resonar pausado en las anchas soledades de los pinares de Teruel y de Cuenca, mientras la tropa de ganado pasa cercana de tí sin inmutarse, con su brújula animal bien enfilada a esas tras-tierras de las que volverán cuando el verano haya puesto su manto de verdor después de la primavera. Una primavera, a cuyo comienzo se cantan los mayos para celebrar una nueva estación para estos pueblos serranos, expresada en canciones rondadoras de amor de mozos a mozas, como alegría de vida.

Para los aficionados al toro, y a su campo —que es pura naturaleza—, el paso de las vacas trashumantes es motivo de acercamiento, disfrute y fotografías de recuerdo como si de aves migratorias se tratase, por ejemplo las grullas que en la propia provincia de Teruel acuden a la Laguna de Gallocanta desde países del norte de de Europa, huyendo de las bajas temperaturas.

Trashumancia, espectáculo natural que el desconocimiento y las prisas esconden al urbano, pero que se revive años tras año, en estas tierras altas de Teruel, frías pero envueltas en parajes de indudable belleza, hoy contemplados con otro espíritu que en tiempos pasados donde la vida era de mayor dureza y las comunicaciones escasas aislaban pueblos y personas.

La vereda es una postal para curiosos, una tradición poco valorada y ayudada a nivel oficial pero que todavía conserva vivo aquel importante aire ganadero que fue santo y seña de muchos años, y siglos, de nuestra historia rural.


Fuente: Cultoro.com

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Las vacas apuran todo lo que encuentran y, mientras el frío no apriete, van pasando las lunas en la espera de esa llovizna que alegre su diario pastar.
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