Ruíz Muñoz por la Puerta Grande de Santander

Fernando-Rey-MuchoTemple

José Ruíz Muñoz está tan verde como el traje que lució en Santander, pero la personalidad que demostró, la capacidad de resolución, la variedad, y el concepto que dejó ver es para ilusionarse, y mucho. Ya desde el capote, de escasas dimensiones y que coge muy cerca de la esclavina, ya dejó ver cosas importantes. Verónicas de corte vertical y de mano baja, con aroma natural.

La media llevaba el sello en el ADN que comparte con el Faraón que apreciaba el festejo desde la barrera. Es cierto que el novillo fue todo lo bueno que podía esperar, noble, pronto, con entrega, calidad y recorrido. Pero también había que estar con él y Ruíz Muñoz estuvo a la altura. La lidia tuvo orden y estructura, es verdad que a veces corrigió la postura y la colocación sobre la marcha, pero es normal en alguien que torea su tercera novillada con picadores. Lo importante fue cómo resolvió. Cómo tiró la tela al morro sin descomponer la figura y embebió de muleta al noble utrero para tirar de él y pasarlo con sello único. Además, hubo momentos en los que el novillo le sorprendió y José sacó muletazos recursivos y variados sin perder la compostura, y encima, le salieron con aroma. Por eso la plaza se entregó, como él mismo lo hizo en un espadazo lento y contrario que, tras tirar al novillo, dio paso a las dos orejas incontestables y a la ilusión de ver un torero distinto.

No tuvo la misma claridad el sexto, que si bien fue obediente, se movió rebrincado y con un punto de temperamento. Esto no descompuso al gaditano, que volvió a confirmar su sello con capote y muleta, en un trasteo elegante y con sentido de la medida, algo que últimamente escasea entre los novilleros. Además, metió el brazo con habilidad.

Torea poco Fernando Rey y por eso salió con ganas de mostrarse. Ya con el capote pronto cambió las verónicas por las chicuelinas, las largas y lopecinas en el quite, con las que arrancó la primera ovación de la tarde. Tras brindar al Faraón de Camas, en una barrera de sombra, abrió su faena de muleta por estatuarios, rematados con un pase de pecho lento y hondo. A partir de ese momento el novillo cambió, conservó la nobleza, pero se empezó a quedar corto y a buscar debajo de la diminuta mulera de Fernando, defecto que se acentuaba si tenía la salida hacia los medios. El malagueño estuvo firme y logró arrancar algún muletazo meritorio, pero el novillo fue a menos.

Las ansias de triunfar pudieron hacer pasar de revoluciones al malagueño en su segundo, con el que muchas veces se mostró amontonado e irregular, pero cuando cuando consiguió asentarse y corrió la mano con lentitud, dejó ver la clase de otro buen novillo de Juan Pedro y el notable trazo del muletazo firme y templado que posee. Entre esas dos aguas navegó su faena, con momentos de apuros y desarmes, y otros de toreo bueno. Y así fue la estocada, entregada y algo defectuosa, pero suficientemente efectiva para valer la oreja que paseó.

Iba de quites la tarde y el de José Garrido al segundo fue una declaración de intenciones. En el centro del anillo, sin enmendar, le dio tres gaoneras de respiración cortada y taleguilla tinta en sangre de toro, rematadas con revolera y ovación cerrada. Valor y firmeza tuvo que derrochar el extremeño, que inició con autoridad por abajo, para después porfiar con un animal que tuvo intención de tomar bien la muleta, pero que a partir del embroque soltó la cara y tiró violentos hachazos al aire. Descompuesta la embestida pero nunca el torero, ni la estructura de su obra, que fue seguida con intenso silencio por un público que supo valorar el esfuerzo de un novillero entregado y muy superior a su contrincante. Faena de conocimiento, capacidad y valor mal rematada con la espada.

Fue el en quinto en el que dejó las cosas en su sitio. Pues, sin duda, es el novillero más capaz del escalafón. Su actuación tuvo una solidez apabullante desde las mecidas verónicas del saludo, pasando por el galleo y el quite por chicuelinas y desembocando en una faena de muleta en la que tapó los defectos de un novillo al que le costaba pasar completo y al que si le exigía demasiado, claudicaba o protestaba. Pero todo lo hizo bien el extremeño, que empapó de muleta al utrero y lo condujo con autoridad, conocimiento y torería, llegando, incluso, a mostrarse casi abusivo en su superioridad. Hubo muletazos recios cuando el novillo apretó y otros de suave caricia cuando se venía abajo, pero el conjunto mantuvo la misma tónica de la estructura firme y las ideas claras. Lamentablemente la espada y un golpe se descabello parecieron restarle importancia a la labor para una Presidencia que negó un trofeo que habría sido más que justo, merecido.

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Cuatro Caminos, Santander. Feria de Santiago, segunda de abono. Más de tres cuartos de entrada en tarde fresca. Cuatro novillos de Parladé, 1º correcto de presentación, con prontitud y nobleza, pero a menos; 2º con más cara que presencia, deslucido y sin clase; 5º de preciosas hechuras y casi cubeto, obediente, pero escaso de codicia y recorrido; 6º, bien hecho, escaso de fuerza y con cierto temperamento. Y dos de Juan Pedro Domecq, 3º estrecho de sienes y bien hecho, noble y con clase; 4º correcto de presencia, con calidad por ambos pitones.

Fernando Rey (verde botella y oro): Ovación y oreja.

José Garrido (verde botella y oro): Silencio tras aviso y ovación tras petición y aviso.

José Ruiz Muñoz (verde hoja y oro): Dos orejas y silencio. Salió a hombros.

Fue aplaudido Antonio Apresa tras picar al 6º.

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Ruíz Muñoz por la Puerta Grande de Santander
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José Ruíz Muñoz dejo ver una la capacidad de resolución, una variedad, y un concepto que provocó mucha ilusión.
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