Tomás Prieto de la Cal busca la verdadera bravura

Bordes Marismeños por Mucho Toro

Tomas Prieto Cal busca verdadera bravura

 

La vacada de Tomás Prieto es corta en número de cabezas, pero larga en historia y pureza. Se ha mantenido al cien por cien el encaste veragüeño que heredó de su padre.

Lo del Duque, así se singularizaba lo de Veragua, arrancó de una de las dos ramas fundacionales de lo bravo –la casta vazqueña– y se mantuvo en primera línea el siglo antepasado y parte del anterior. ¿Por qué decayeron los veraguas? Probablemente el encaste no decayó. Siguió igual, pero la tauromaquia cambió a faenas más largas.

Don Tomás Prieto de la Cal Dibildos, padre del ganadero actual, compró 250 cabezas veragüeñas a José Enrique Calderón y, a la vez, el antiguo hierro de Sotomayor. Muchos éxitos avalaron aquellos años, con Luis Miguel Dominguín, su hermano Pepe y Ordóñez, entre otros, en los carteles. ¡Qué tiempos!  Curiosamente, otra parte de Veragua fue a parar a Don Juan Pedro Domecq, abuelo de los actuales, a través de Martín Alonso, a su vez abuelo de los Lozanos de hoy.

En 1975 fallece Don Tomás y su hijo hereda la ganadería cuando aun no llegaba a la docena de años. Sigue lógicamente un periodo de transición y ya más maduro de edad, comienza una rigurosa selección que por los años ochenta da sus primeros y excelentes resultados, sobre todo en novilladas, acertado comienzo de las aventuras genéticas para la lidia.

Los veraguas de “La Ruiza” conservan las hechuras, el pelo y, en cierto modo, el comportamiento en el ruedo de sus antecesores remotos. Toros con una salida espectacular, alegría en el ruedo y vibración tras la estocada. Son diferentes a los demás.

¿Es difícil ser ganadero de reses bravas, o lo difícil es ser buen ganadero, con criterios propios, cuando la fiesta parece un montaje con reglas casi fijas? –Mira, tener en propiedad una ganadería brava es cuestión de dinero; ser ganadero es otra cosa. Hoy en día casi se pueden contar con los dedos de la mano.La finca  está cercana a la capital, Huelva, allí donde se abrazan el Tinto y el Odiel, que son ríos mineros. Hay eucaliptos,  árboles de humedad, rodeando al cortijo, sin duda uno de los más bonitos del campo andaluz. Hasta allí legó la ganadería desde “Torrestrella”, hoy de Don Álvaro, buscando un pasto más feraz, al lado una agricultura de llanada. Y allí hace cuartel el ganadero, entre la tradición del pasado y el horizonte del futuro -tiento a campo abierto los futuros sementales y meto después en la plaza los de mejor comportamiento y reata.

Hoy, por “La Ruiza” se crían toros distintos cuyos pelajes y acometidas contribuyen a que la fiesta tenga otro aire. Tiempo al tiempo, que el laberinto de la genética no puede andarse con prisas. En aquel cortijo de solera, muy cerca de la Rábida, otro “cortijo” franciscano en presente invitación al mar y a la aventura, un ganadero joven sigue buscando la bravura integral, esa que da color, sentido y música al toreo de verdad.

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